• ani&andreea

Tulcea

Siempre será mi casa. Ese hogar cálido de calma y armonía, aburrido por los eternos tres destinos donde matar el tiempo el fin de semana, poblado por las mismas personas que ves todos los días y que mantienen su rutina, abrazado por las aguas turbias del Danubio y apartado, al menos en apariencia, de la agitación propia de las demás ciudades del mundo. Aquí, el silencio está en casa y se va de vacaciones en Navidad y Semana Santa.

Hace poco que he cumplido un mes desde que vivo en Bucarest y nunca había apreciado tanto esta ciudad que me parecía tan monótona. Este cambio me confirió el poder de alegrarme por las cosas pequeñas y sencillas, y me educó, lenta y silenciosamente, en el aprecio de la vida humilde.

Cuando me fui, me dije a mí misma que nunca más volvería a vivir ahí. Era una afirmación categórica. Estaba decidida. Procuro no dejarme dominar por la fuerza del cambio y el impacto inevitable que tuvo sobre mi vida interior, pero empiezo a visualizar el volver a mi ciudad. Es verdad que las oportunidades no se pueden comparar con las que una ciudad grande me podría ofrecer. Sin embargo, si te paras a pensar, ¿qué significa la palabra “oportunidad” para cada uno de nosotros?

Como le damos un sentido diferente a cada aspecto de la vida, os quiero confesar que, hasta hace 2 meses, para mí la “oportunidad” se traducía en encontrar un trabajo que me diera mucho dinero, dinero que gastaría libremente en el centro comercial. Después de un tiempo, me vi rodeada por robots que se agitan y estresan a los demás para poder sobrevivir, que conectan la felicidad con lo material y juegan siguiendo las reglas de una sociedad que nos adoctrina y no nos deja mirar hacia los lados. Hoy, intento redefinir “mi oportunidad” y abrir los ojos para reconocer mis prioridades individuales.

El fin de semana pasado fui a Tulcea por tercera vez para ver a mi familia, es decir a mi madre y mi hermana. Como era el santo de mi madre, llamamos a nuestra fiel visitante y una de las personas más queridas para mí, mi madrina. Eran las 9 de la noche cuando hizo su bulliciosa aparición, marcada por risas y alegría. Después de hacer lo típico, pedir pizza, comer pasteles y tomar chocolate caliente, empezamos un largo hilo de historias que teníamos ilusión por compartir. En medio de la audición de los mejores cuentos, dejé de hablar y escuchar. Miré a mi alrededor y vi, dispersas sobre la mesa, unas sobras de algo de que podíamos haber prescindido. Escuché el silencio de fuera, el sueño de los vecinos y mi corazón pulsando de amor y felicidad sincera. Hmm. Me quedé mirando las caras risueñas de mi madre y mi madrina, el sueño tranquilo de mi hermana y la habitación que nos protegía de la oscuridad. Los sentimientos que me invadieron no pueden ser comparados con nada material que me habría conferido una satisfacción momentánea. Fueron naturales, profundos y cándidos. ¡Qué poco necesitamos para llevar una vida saludable, armoniosa y bella!

Temo adaptarme a un estilo de vida estresante, agitado, temo que me olvidaría alegrarme por las cosas sencillas que, al fin y al cabo, son las más significativas. Quiero estar con la gente a la que quiero, en un ambiente de calma y ternura, ponernos contentos por hacer las compras semanales en el Kaufland o en el Lidl, salir animados del cine después de haber visto una película bastante mala o relajarnos un lunes delante de la tele, con un programa cualquiera y una caja de helado.

En conclusión, oportunidad igual a tiempo valioso, sazonado con trabajo y fiesta, facturas y sonrisas, responsabilidades y equilibrio.

No sé si tendré la misma opinión dentro de 1, 2 o 10 años. Por ahora, mi pensamiento huye siempre a Tulcea. Quiere vivir ahí hasta los 100 años.


Andreea Bularda


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