• ani&andreea

Otoño

Updated: Nov 19, 2019


- ¡Ay, si yo fuera tú, cuánto viajaría! Si fuera tú, sería tan ligera que el viento me podría levantar sin problemas. Sería cambiante y misteriosa, primero de tez brillante, verde y fresca, luego de color dorado, como el atardecer que nos visita cada día, dijo la hoja perenne, cabizbaja. ¿ Ay, por qué no soy como tú? ¿Por qué nadie se alegra al verme en primavera, ni me recoge con nostalgia en otoño? ¡Por lo menos si hubiese nacido hoja de pino! Aunque fuera perenne, al menos tendría la esperanza de que algún día tremendamente frío de Navidad, alguien me buscaría, vendría a recogerme, me elegiría entre mil y me halagaría inspirando mi aroma y colgándome en su puerta de entrada!


La hoja de roble, a quien le había dirigido estas palabras, nunca se hubiera descrito como una afortunada. El pensar en su muerte inminente la impidió percatarse de la suerte que tenía. Apenas ahora se le revelaba la gran ventaja que suponía poder cumplir un sueño: el viaje. Sea largo o corto, el viaje era un sueño utópico e imposible de realizar para muchas hermanas hojas. Hasta ahí, había un paso más, tal vez el más duro, más duro que el viento, que en ocasiones la pegaba fuerte, más duro que los rayos de sol que la ardían en agosto, hasta más duro que la hartura de ver siempre el mismo paisaje, el mismo universo: El Gran Desprendimiento.


Mientras reflexionaba acerca de esta reciente revelación, la hoja perenne continuaba su lamento:

- La gente dice: ¡Qué suerte, vivirás para siempre! Y para qué me sirve? Vivo colgada de este árbol, donde veo pasar las estaciones; sostengo la nieve en invierno y los rayos de sol en verano, y todos hacen mella en mí. Son pasajeros. Vienen y van, y yo me quedo añorando su compañía. ¡Cuánto me gustaría ser una hoja de roble!


La hoja de roble escuchaba con compasión, pero la concentración se desviaba hacia sus propios pensamientos: „Y pensar que pasé toda mi juventud deseando ser una hoja perenne! ¿Quién se hubiera imaginado que el vivir para siempre podía desencadenar tanta amargura?.


Cuando empezó a temblar, creía que la tristeza se había apoderado de ella y acabaría en lágrimas. Sin embargo, el temblor se hacía cada vez más intenso. Un viento frío la sacudía con fuerza. El momento tan esperado había llegado por fin. ¿Estaba realmente preparada para el gran desprendimiento? Ansiaba emprender el viaje. No dependía todo de ella, lo sabía. Las circunstancias tenían que ser ideales: llegar a la madurez, estar preparada y tener una brisa que la empujara hacia adelante, hacia nuevas tierras, nuevas historias y nuevos personajes. A pesar del deseo, algo fuerte, físico, la mantenía todavía pegada a su casa.


Volvió a mirar a sus hermanas, que pronto se desprenderían pero para viajar en otras direcciones. Luego, al sentir la mirada ahogada por el dolor de su amiga, la perenne, la hoja de roble cerró los ojos. La culpa, por tener una suerte que su amiga nunca compartiría, entorpeció su despedida.

Una ráfaga helada golpeó de repente su tronco delgado y sintío como estaba siendo transportada en un vuelo sin control, muy lejos de su casa. Mientras daba vueltas por el aire, abrió los ojos. Asustada, intentó luchar contra tan violenta separación: ¡Quiero ser una hoja perenne!, pero era imposible volver. Entonces vio, ya en la lejanía, el árbol que había sido su casa, y, junto a él, el árbol de tejo. Eran los únicos habitantes de una pequeña colina.


- ¡Adios! se escapó de sus labios en un susurro que el viento tapó.

- ¡Adios!, dijo la hoja perenne, y una lágrima la cubrió entera.


Ana Maria Gheba

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